La necesidad de ser feliz (I)

El mundo ha llegado a una época de asombrosa dualidad de bienestar y miseria, que se plasma en los dos hemisferios de nuestro planeta: violencia, hambre y enfermedad al sur; prosperidad, ociosidad y abundancia al norte.

En base a esto, el hecho de habitar un país desarrollado debería convertirnos automáticamente en personas felices. Sin embargo, sabemos que no es así. Nos encontramos con demasiadas personas a las que aparentemente "les va bien", que dicen: lo estoy pasando muy mal, he sufrido mucho... etc. Y no mienten, ni exageran.


Abraham Maslow (1908-1970) nos da una explicación de este efecto en su Teoría General de la Motivación Humana, según la cual el ser humano tiene unas necesidades ordenadas jerárquicamente en cinco niveles, de tal modo que hasta que no se satisfacen las de un nivel no se puede pasar al siguiente. ¿Cuáles son esas necesidades? Pues en la base están las necesidades de alimento (sustento, descanso...) y seguridad (hogar, recursos...), después las necesidades de afecto (amistad, amor...) y reconocimiento (estima propia y ajena, prestigio...), y en la cúspide, la autorrealización, que significaría "llegar a ser todo lo que uno es capaz de llegar a ser" (A. Maslow, Motivación y Personalidad).

Maslow reducía esas necesidades a dos grupos: necesidades biológicas -comunes a todas las especies animales- y necesidades de desarrollo personal o emocional -más propias del ser humano-. El hecho de no cubrir unas u otras explica que haya sufrimiento y dolor a ambos lados del planeta -y está claro qué necesidades faltan por cubrir en cada uno-. Así, en África una enfermedad física te puede matar rápidamente y en Occidente, un trastorno emocional puede acabar contigo muy lentamente.

El deseo de apaciguar nuestras necesidades explica nuestro comportamiento. Escalamos los diferentes niveles de la pirámide, buscando todo aquello que satisfaga nuestras necesidades y nos aproxime a lo que podríamos creer el equivalente a la felicidad, que sería algo así como satisfacerlas todas.

¿Y cómo afecta esto a nuestras relaciones? Por un lado, este juego de satisfacer necesidades puede ser campo de batalla para el enfrentamiento con los demás, en la obtención de recursos de todo tipo. Por otro lado, Maslow afirma que las necesidades se pueden satisfacer solo interpersonalmente, con la consiguiente colaboración.


En cualquier caso, no podemos evitarlo: nuestra necesidad actual nos atrapa hasta que da paso a la siguiente.


En esto consiste vivir: trabajo, pareja, hijos, propiedades, amigos, éxito profesional, comodidades, aficiones…


¿Y luego qué?



Es posible que esta espiral de autosatisfacción nos conduzca a la felicidad. O puede que, incapaces de encontrar un sentido a nuestra existencia, intentamos consolarnos imaginando esta especie de "dorado": ser felices.


Y parece que velar por nuestras necesidades y satisfacer nuestros deseos es la vía natural para conseguirlo.


Nos planteamos con frecuencia que la felicidad es un espejismo imposible. Lo que no nos planteamos tan a menudo es que alcanzarla quizás no sea nuestra misión.


Pero entonces, ¿cuál es?


¡Qué hermoso árbol!


El juego consiste en atender mi necesidad lo mejor posible, trascenderla a través de su realización y seguir hasta la siguiente.


Nuestras necesidades nos vinculan al momento presente. Nos atan a la realidad, a la vida. Y si levantamos la mirada de su inevitable reclamo también nos muestran un camino.


La pregunta es:


Si no es a la felicidad, ¿a dónde nos lleva ese camino?


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© Copyright Manuel Goizueta López. Zaragoza. 2020

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