Cada uno en su dolor

Cada uno está en su dolor. Tú, en el tuyo; yo, en el mío: el dolor de mi soledad, el dolor de mi relación de pareja, el dolor de mis padres ausentes, el dolor de mi familia… el dolor de mi ambición.


Vivimos inmersos en nuestro dolor y sin embargo, tratamos de sentirlo lo menos posible. Cada vez que asoma hemos de empujarlo hondamente. Cuando se evita un problema, se suelen crear otros. Y eso hacemos. Nos distraemos con problemas más “dramáticos” y sobre todo, más fáciles de creer, aunque no siempre más fáciles de llevar. De hecho, los solemos llevar entre lamentos durante mucho tiempo, mirándolos casi continuamente, con cuidado de no soltarlos, porque en el fondo no es lo que nos asusta de verdad. ¿Qué hay detrás de eso? Un dolor no mirado. Los días pasan y nuestra vida se desvanece como una sombra. Lo sabemos, aunque no queremos saberlo.


Pero eso no soluciona nada, salvo perpetuar una y otra vez el mismo sufrimiento; eso sí que es sufrir en vano y sin sentido, hasta que nos cansemos y tal vez nos permitamos sentir al fin. También este es muchas veces el dilema del terapeuta: ayudar al cliente a conectar con lo que siente, aunque lo que sienta sea dolor.


Lo cierto es que al ignorar nuestro dolor perdemos algo importante: la fuerza que contiene, el increíble poder de transformación que esconde el dolor.


Si asiento a mi propio fracaso, un fracaso anunciado aún antes de empezar, lograré abrazar la vida en su integridad, con la parte dolorosa que conlleva. Quien elige aceptar sus limitaciones y mirar con humildad su propio dolor, en lugar de arrastrarlo con desgana, se hace digno de él y éste, en agradecimiento a su necesidad de ser mirado, se transmuta en algo nuevo, en fuerza creadora al servicio de la vida de esa persona, impulsándola a disfrutar de su vida tal y como es, libre de tener que inventar nada que oculte aquello que teme, aquello que de verdad ama.



La vida es dolor y el dolor es cambio, cambio hacia más vida.


Y ahí se produce el encuentro. Después de mirar nuestro dolor, nos podemos girar al dolor de los demás y mirar la carga que lleva cada uno, el dolor no reconocido de cada persona: el dolor no mirado de mi madre, el dolor no mirado de mi padre, el dolor no mirado de la persona que amo, el dolor no mirado de la persona que detesto. Cada uno cargando como puede con su dolor. Yo llevo mi dolor de “ser odiado”; tú llevas el dolor de “odiarme”. Somos iguales.


Mira el dolor de tus padres. Mira la carga de cada uno, sin pretender llevarla por ellos. Solo mírala.


Mira tu propio dolor, sin pretender que nadie sino tú cargue con él. Solo hónralo.


Mírame ahora.


Entenderemos entonces que somos muy parecidos, que ese dolor que nos aislaba como una experiencia de soledad, nos está conectando a todos. Comprenderemos que el dolor nos iguala y nos une, que se materializa en puro amor, en amor hacia los que sufren, en reconciliación, en vida.

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© Copyright Manuel Goizueta López. Zaragoza. 2020

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